París 1924

"Por los campos de Coya, pasó una ráfaga olímpica...".


Selección 1924
La alineación en la final fué: Mazzali, Nasazzi y Arispe;
Andrade, Vidal y Ghierra; Urdinarán, Scarone, Petrone, Cea y Romano.

Del diario "EL País" de Montevideo

Cuando a mediados de marzo de 1924 la delegación celeste partía en el vapor hacia París pocos alentaban la confianza de que el retorno sería en tono de impactante triunfo, con la gloria universal en el propio equipaje.
Don Atilio Narancio, el visionario impulsor, el denominado "Padre de la Victoria", confiaba a ciegas en los líricos muchachos del "Mariscal" que ya en la gira previa por España impusieron su calidad excelsa y su temperamento, originando aquella frase premonitoria de un periodista hispano: --"Por los campos de Coya, pasó una ráfaga olímpica...".

EL ASOMBRO UNIVERSAL

Ya en Francia, esos antecedentes los situaron desde el pique como serios favoritos al máximo galardón, vaticinios que se cumplieron al pie de la letra.
Una serie de triunfos tan impactantes como incuestionables, para admiración del mundo deportivo: 7 a 0 a Yugoslavia, 3 a 0 a Estados Unidos, 5 a 1 a los franceses dueños de casa, que no pudieron imponer su condición de locatarios y, previo a la consagración como campeones, 2 a 1 a Holanda.
En la final, fueron los suizos quienes cayeron derrotados por 3 a 0 ante aquel legendario seleccionado celeste que cosechó interminables ovaciones de la multitud en el estadio de Colombes.
Mazzali, Nasazzi y Arispe; Andrade, Vidal y Ghierra; Urdinarán, Scarone, Petrone, Cea y Romano... El título olímpico ya era celeste y el mundo entero hablaba con admiración de esos futbolistas excepcionales, creadores de una escuela de larga fama, que hacían conocer como nunca hasta ese momento el nombre de nuestro país.
Depurada técnica y garra, temperamento y genuina academia mientras en la alta noche parisina, fuera de su mágico esplendor en las canchas, el impar Andrade recibía su apodo para siempre de "La Maravilla Negra", al unir el magisterio del fútbol con el del tango, a través de sus cortes, quebradas y otros firuletes diqueros, que le ganaron el corazón de las francesitas cabareteras.

Recibimiento a los campeones en la bahía de Montevideo.


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